Víctor Hugo Ornelas
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Le llamaban La Escuelita, pero entre sus muros no había aulas ni pupitres. No había maestros ni estudiantes. Lo que había en las entrañas áridas de Teuchitlán, Jalisco, eran instructores que formaban a sangre y fuego a próximos soldados del narco; jóvenes reclutas a los que llevaban, en su mayoría, con engaños. El Rancho Izaguirre, en la comunidad de La Estanzuela, es un lugar localizado entre laberintos de tierra donde el humo de la leña para cocinar se mezcló con el de la carne humana calcinada. Ahí, hombres y mujeres fueron adiestrados en el manejo de armas, en técnicas de combate y fabricación de explosivos, pero también para desmembrar y desaparecer restos humanos.
